El hombre mayor está sentado.
La mujer mayor está amasando.
No timbre, no teléfono, no cartero.
El hombre mayor dice – va a llover –
La mujer mayor contesta – siempre crees en el pronóstico –
El hombre mayor dice – es que el cielo se ve todo cerrado –
La mujer mayor dice – los pronósticos no son de fiar, pero vos insistís en creer en los pronósticos –
El hombre mira el cielo resignado – puede ser – dice
Silencio, soledad, monotonía.
Ladra un perro. El hombre mira por la ventana –ladra un perro – dice
-¿dónde? – pregunta la mujer. – Afuera – contesta el hombre
-Afuera ladra un perro – dice ella
-¿escuchaste? – Dice el hombre -¡claro! – Responde la mujer y agrega indignada – ¡no soy sorda! –
El hombre calla. El hombre se tomó la revancha anticipada. Pecó y volvió. Ella se venga y está en su ley.
No teléfono, no timbre, no cartero.
Un pájaro se acerca a la ventana, enfrente de donde amasa la mujer. El pájaro de panza colorada picotea un engrudo abandonado por los gatos. La mujer levanta los ojos.
Siempre quiso ser pájaro. (Nunca libertad, nunca sin límite)
Se huele el pan en el horno. No debería olerse. - se tostó de más – piensa.
- se tostó de más – dice
- a mi me gusta más doradito – dice el hombre
- mentira. Nunca te gustó dorado –
- te lo digo para que no te preocupes –
- yo no me preocupo por casas sonsas. Vos te preocupas por todo –
- es cierto – dice él.
- Claro que es cierto. Te conozco más de lo que vos te conoces –
La mujer coteja la base de los panes disgustada.
El hombre mira por la ventana. Ve poco. Últimamente casi ni ve. Unos yuyos altos sobrepasan el césped. Antes sacaba los yuyos con un pinche largo que se hizo fabricar especialmente para no agacharse. Y lo bien que salían. Con la raíz, enteros los yuyos. Claro, era más joven y más fuerte. No le dolía la pierna, ni la cintura.
- ¡ maldita vejez !– dice el hombre
La mujer suspira. Deja un instante la masa. Respira otro poco y vuelve a amasarla con renovado ímpetu.
Afuera llueve.
Un cuzco cabizbajo se mete en el jardín, olfatea el cedro azul y orina.
- ¡fuera bicho de mierda! – dice el hombre
- ¿qué pasa? – pregunta la mujer
- El perro, otra vez meando el árbol –
- ¿Y vos podes conseguir que no lo haga? –
- No. Pero me calienta –
- Entonces para que te preocupás. Yo no me preocupo por lo que no puedo cambiar –
- Porque vos sos muy equilibrada –
- Es cierto –
- Ojala yo tuviera tu equilibrio –
- No es mi virtud, es mi genética –
- Tenés una genética superior a la mía –
- Siempre fue así – dice ella
- Siempre fue así – dice él
Suena el teléfono.
El hombre corre la silla bruscamente, se levanta y va hasta el tubo con paso apurado y zambo. La mujer se detiene con la mirada fija en el aparato repitiendo - ¡A ver...! ¡A ver...! –
-Sí – dice el hombre con voz impostada. –Sí querido- continúa más relajado y alegre. –Sí, sí... No hay problema...Todo bien....Todo bien...Mamá bien. Sí, sí...¿Marita como está?...Bueno, bueno... entiendo. Gracias hijo – Corta casi con la palabra en la boca
- ¡¿Y?! – dice ella que se ha quedado paralizada con las manos sucias colgando a los lados y el corazón en la garganta.
- Dice que están bien. Que Marita ya no tiene fiebre. Que estaba hablando del celular. No tenía más pulsos. Dice que no puede venir mañana –
- ¡¿Qué pasó?! ¡¿Porqué?! –
- “¡Después te explico, después te explico!”, me dijo. No tenía impulsos, pulsos.¡ No sé como es lo del celular!.¡No podía hablar más!–
- ¿Y de Marita te dijo que ya no tenía fiebre? –
- Si, dijo “Marita ya no tiene fiebre” –
- Ya no tiene fiebre –
- No tiene fiebre –
- Que bien –
- Si. Que bien –
- No puede venir mañana –
- Dijo “mañana no puedo ir” –
- No podrá. ¿Pero estaba bien? –
- Si, estaba bien –
- Bueno, es lo importante –
- Si, es lo importante –
Otra tanda de pan recién horneado se airea sobre la mesa de la cocina.
No timbre. No teléfono. No cartero
martes, 5 de mayo de 2009
La muñeca rota
La vieja ya había caminado más de dos kilómetros cuando encontró la primera cosa digna de ser levantada del borde de la ruta.
Una argolla de cortina, pulida por la lluvia.
Ahuecó el delantal y la tiró dentro. Y es que cuando se busca en la intemperie, lo que se encuentra son cosas que generalmente se redimen por su símbolo o por el entusiasmo de conseguir una parte de un todo nunca posible.
Una argolla es la pequeña parte de una cortina que impedirá que el sol nos desvele, que dará intimidad a un cuarto o esconderá los bártulos de la cocina.
Pero quien sabe si la vieja pensó en eso o si se contentó con al argolla y punto.
Ya habían transcurrido veinte minutos de chueca caminata y pensamientos desbordados por los resabios del alcohol, cuando un ford enclenque paró al lado.
- ¿La llevo, doña? –
- ¡Boludo de mierda! ¿Qué voce acha? Que sou invalida? ¡Vai ti dar pur cu! –
El auto se pierde en el horizonte quieto. La vieja no lo registra. Presta atención a los fantasmas que la charlan en medias lenguas y la llevan por corredores pestilentes o magníficos.
La mirada atenta, fijando las pupilas en puntos imaginarios que le provocan rechazo o risa.
El olor agridulce de los butiá se libera en la brisa de mayo. Palmeras azuzadas por un viento de mar que viene rodando desde kilómetros.
A mitad de camino, una silueta brilla entre los yuyos. Una rosada anatomía, pequeña y lisa.
Nuevamente se inclina, la toma entre los dedos mochos y la sacude frente al delantal.
El pelo alborotado de la muñeca con abrojos secos.
Mientras camina piensa en Maia, su nieta chica y saca uno por uno los abrojos con cuidado. Se pincha, putea, se lame los dedos, vuelve a tironear las mechas hasta dejarlas limpias.
Ahora sí. La muñeca está lista para compartir su barriga de canguro con la mandarina medio podrida, la argolla, la lata de gaseosa y la pequeña rueda.
Entra en el poblado ya cansada. Renueva el paso para llegar antes que el sol traspase sus motas blancas y le cocine los sesos.
Ahora camina entre ranchos con tendederos y perros. Conversa con cada animal en el idioma de los locos.
Un ganzo la cruza, la deja pasar y luego la sigue un trecho hasta que la vieja da vuelta la esquina.
Cuando encara la cuesta final tropieza con una víbora. La voltea con la chancleta. La panza blanca conserva el brillo a pesar de la muerte.
Se agacha, la levanta de la cola –“Olor a lluvia” – piensa – La lluvia limpia todo – se dice, y la suma a su colección de cosas inútiles.
Otro poco y ya estará tomándose una caña en el almacén de Walter.
Cuando llega, los parroquianos achispados por el alcohol la reciben con deferencia
- De nuevo la doña por el pago – dice uno y la risa ilumina el agujero troquelado de dientes amarillos
- ¿Buena pesca? – pregunta el dueño del almacén con su ojo bizco y la voz finita de un eunuco, mientras tira la moneda dentro de la caja y se dispone a servirle el licor
- Alguna cosa – contesta la vieja
Arde la caña en el garguero. Nubla la vista. Vuelve la sangre a los tobillos.
- Ahora sí. Me voy pa lo de mi hijo. Ustedes se quedan ahí, sin hembra que les sobe el lomo. ¡Viejos maricas! –
Y se va, alegre de ofender, sin escuchar las réplicas de los parroquianos.
Por la senda se llega a la casa del hijo y de la Nair. Está linda la senda. Sequita. Y donde está el pozo pusieron una madera para pasar. Ese fue el hijo. Ahora se le jodió, con la bebida y los otros mierdas. Era mansito. Ni palos le daba. Que se le va a hacer.
La Nair es otra cosa. No la quiere. Que le importa. La tiene que aguantar y que se aguante. Una es la suegra y ya se va a hacer vieja. Ya la van a cornear como a una vaca vieja. Se ríe y se le achinan los ojos
- A vaca velha de Nair –
Y en esas anda cuando ve la casita de puertas abiertas y jardín cuidado.
En la casa de Nair el agua hierve y la Nair la vuelca en una palangana y a uno por vez se lavan las partes. El chico canta mientras el agua caliente le entibia las patas.
- Cheguei – dice la vieja y quien sabe si espera alguna bienvenida
La Nair apronta el mate sin dejar el trajín y sin mirarla.
La niña viene del cuarto. No durmió bien. Como todas las noches la desveló el ruido del mar y se quedó en vigilia custodiando que una ola gigante no se llevara la casa.
Ahora está parada al lado de la cortina del cuarto, mirando a su abuela que está algo loca. Con precaución. Coteja que se ríe y aunque sabe que eso no significa ninguna tranquilidad, avanza y le da un beso.
La vieja, contenta, corre los bártulos de la mesa y hecha encima los tesoros de su delantal.
- Pa ti – dice mientras le da la muñeca rota
- Gracias - dice la nieta que aprendió a no esperar nada del otro mundo y menos de este
Su hermano mira curioso las porquerías sobre la mesa y elige la víbora. La levanta fascinado de asco y se la lleva para afuera.
- “Fue hermosa” – piensa la niña mientras sostiene en sus manos morenas como un chocolate sin mordida la muñeca despeinada, desnuda y sin un brazo
- “Los ojos me gustan” – sigue pensando
Son de un herético celeste que la sumergen en la comparación. Los de ella son oscuros como el desencanto o la tristeza
- “Voy a vestirla”– se dice
Busca una tijera en el cajón del mueble, pide a la madre un sobrante de tela y comienza a recortar un cuadrado de tafeta marrón.
- Así es que está la vida – dice la vieja – hecha mierda, igual que calzón de viejo –
- Sientesé – dice la Nair para no escuchar más improperios
- Me duelen las patas –
- Es claro, si se hizo 20 kilómetros. ¿Qué quiere? –
- Con un mate estoy hecha –
- Tenga – le alcanza la Nair un mate humeante -¿Anda buscando al hijo? –
- Pa qué, si no es bueno ni como hijo ni como nada. ¡Que se amuele el hijo y que se amuele Iván! –
- Iván ya se murió – dice la Nair – cayó seco en el carnaval –
- Era bonito el Iván – recuerda la vieja
- ¿Cuándo? –
- Cuando le andaba atrás a la Rocío –
- ¿La que se casó en Porto Alegre? –
- La otra. La que era más puta que una gallina. La que se casó en Porto Alegre se descasó después de parir y está de vuelta- El chico le salió jorobadito...¿qué culpa? –
- ¿Cuándo la vio? –
- Me contaron –
- Usted anda levantando sujera por ahí y se le confunde la cabeza –
- Si no te gusta no escuchés –
- Tomesé otro mate y cállese –
- No te me pongas brava que no tengo la culpa del hijo. Será que no lo atendés bien –
- Callesé vieja. Tomesé otro mate o váyase. Me da igual –
- Dame otro mate –
La mañana transcurre en paz, sin novedades del frente.
El hijo en los campos del patrón. Ahora el descansito. La caña, algún poco de feijao y vuelta al trabajo.
La caña justa para ir tirando. Amarrete el patrón. Pero más tarde, a la nochecita, la botella enterita pa las casa y mañana ni viene. Se duerme todita la mañana, que hace frío y no dan ganas de andar amasijando el árbol.
- ¿Otro mate? – dice la Nair
- Pero más calentito. Me dejó frías las tripas –
- ¡Tener que aguantar! – dice la Nair.
Y ni madre tiene para comparar. Pero de seguro no era una borracha boca sucia. Eso de seguro no era, porque a ella ni le gusta que se hable así porque sí. Ella putea pero con razón. Cuando el hombre llega sudando alcohol y se la quiere echar. Cuando se hacen las diez y el cuarto gede y sigue echado sin desvestirse y hay que airear la casa, venir cargando los baldes de la cachimba de Walter y salir a la costa, que ahora está frío, y desenterrar los berberechos y volver con los baldes y amasar las empanadas y el relleno y el tipo sigue ahí, tirado.
Ahora se le dio por tomar a la mañana.
- Eso no lo va a aguantar – se dice –
Hoy mismo lo manda para afuera. Sin insultos, porque ella no viene de un pozo. Al cuartito de atrás. No va a quitarle un lugar con catre. Ni eso, ni el pan. Que a pesar es el padre de los hijos. Pero que ni parece. Que seguro los hijos son más de la sangre de ella que no se echa cuando hay trabajo y no se envicia como una perdida.
- Afuera – Y si algún día se le pasa, vamos a ver..., pero ni cree que haya vuelta. Lo dice para no pensar en lo peor. Que se vuelva loco y empiece a ver bichos como la vieja.
- Bueno. Ya está. Ahora se me va que tengo trabajo –
- Para vos es fácil que no viniste caminando –
- Deje de decir macanas y agarre unas monedas para el onibus –
- No voy a ser yo quien te saque el pan...-
- ¡Ya vino!.¡Ya trajo sus porquerías!. ¡Ya vio a sus nietos y se tomó una caldera de mate!. ¡Ahora se me va, que no tengo tiempo para pelear!-
A la nieta con voz infantil y dulce - ¿Te gustó la muñeca que te trajo la abuela? –
- Y...sí. Parece enferma así, sin un brazo –
- Trabajaba en un palacio y se lo cortaron por robar y ya está – dice la vieja
La niña piensa un instante y dice
– A lo mejor era una princesa –
– ¡A una princesa no le cortan el brazo, estúpida! – dice el hermano
– Vos estás celoso porque no te trajeron nada –
– ¡¿Celoso?! De una muñeca rota?! No me hagás reír!. ¡Tiene una muñeca rota y sucia y la llama “princesa”!- grita burlándola el hermano
– ¡Bueno, basta! - interviene la madre - ¡¿ Ve lo que pasa cuando viene?! ¡Solo trae pelea y porquería! –
La vieja, sin darse por aludida dice con voz cantarina
- Bueno...me voy...ya los vi...están altos como el tío Jacinto. A la vuelta les traigo el brazo a vos y algo para aquel que ni me dio un beso pero no importa. Si se porta bien lo llevo conmigo por el camino –
- Vayasé de una vez y no les ponga ideas locas –
- Bueno... la abuela se va. Vení, me da un beijinho –
La nena la mira no muy convencida. En la última despedida la pinchó con los bigotes y la baboseó entera. Se acerca rapidito, le da un beso en el aire y sale corriendo para el cuarto.
El nieto ya no está. Ya se escondió.
- Y vos Nair, seguí con esa lingua dura de vaca velha –
- ¡¡¿Qué dice?!! –
- Que los mates estaban ricos. Faltó la torta frita –
Desde la ventana del cuarto la niña la ve irse por la senda, espantando quién sabe que ánimas. Vuelve al living.
-¿Y mamá...? ¿Quedó bien...?- le tiende la muñeca, ahora peinada, con un ponchito casi hasta las rodillas.
-Muy bonita. Le podes poner tu broche rosado –
¿En serio? – dice la niña y sale animada a buscarlo
Nair suspira, recoge las porquerías de la mesa y las echa en el balde de la basura.
Afuera, por la senda, la vieja va hablando sola
- Mañana llueve..., comemo torta frita..., con guiso de sirí, con el Iván..., con la Rocío y el jorobadito de la Rocío...y la vaca velha de Nair. Y unas monedas pa la caña de Walter. ¡Qué lo parió, se amueló Iván!?. Y era lindo el Iván!...¡alto y gordito!...-
Un sol flaco seca los pozos, las fachadas desparejas, los lomos de los cuzcos.
El sol que está en el cielo y no nos deja caer en la tentación de caer, y no nos deja caer, y no nos deja.
De "Cuentos de Frontera"
Una argolla de cortina, pulida por la lluvia.
Ahuecó el delantal y la tiró dentro. Y es que cuando se busca en la intemperie, lo que se encuentra son cosas que generalmente se redimen por su símbolo o por el entusiasmo de conseguir una parte de un todo nunca posible.
Una argolla es la pequeña parte de una cortina que impedirá que el sol nos desvele, que dará intimidad a un cuarto o esconderá los bártulos de la cocina.
Pero quien sabe si la vieja pensó en eso o si se contentó con al argolla y punto.
Ya habían transcurrido veinte minutos de chueca caminata y pensamientos desbordados por los resabios del alcohol, cuando un ford enclenque paró al lado.
- ¿La llevo, doña? –
- ¡Boludo de mierda! ¿Qué voce acha? Que sou invalida? ¡Vai ti dar pur cu! –
El auto se pierde en el horizonte quieto. La vieja no lo registra. Presta atención a los fantasmas que la charlan en medias lenguas y la llevan por corredores pestilentes o magníficos.
La mirada atenta, fijando las pupilas en puntos imaginarios que le provocan rechazo o risa.
El olor agridulce de los butiá se libera en la brisa de mayo. Palmeras azuzadas por un viento de mar que viene rodando desde kilómetros.
A mitad de camino, una silueta brilla entre los yuyos. Una rosada anatomía, pequeña y lisa.
Nuevamente se inclina, la toma entre los dedos mochos y la sacude frente al delantal.
El pelo alborotado de la muñeca con abrojos secos.
Mientras camina piensa en Maia, su nieta chica y saca uno por uno los abrojos con cuidado. Se pincha, putea, se lame los dedos, vuelve a tironear las mechas hasta dejarlas limpias.
Ahora sí. La muñeca está lista para compartir su barriga de canguro con la mandarina medio podrida, la argolla, la lata de gaseosa y la pequeña rueda.
Entra en el poblado ya cansada. Renueva el paso para llegar antes que el sol traspase sus motas blancas y le cocine los sesos.
Ahora camina entre ranchos con tendederos y perros. Conversa con cada animal en el idioma de los locos.
Un ganzo la cruza, la deja pasar y luego la sigue un trecho hasta que la vieja da vuelta la esquina.
Cuando encara la cuesta final tropieza con una víbora. La voltea con la chancleta. La panza blanca conserva el brillo a pesar de la muerte.
Se agacha, la levanta de la cola –“Olor a lluvia” – piensa – La lluvia limpia todo – se dice, y la suma a su colección de cosas inútiles.
Otro poco y ya estará tomándose una caña en el almacén de Walter.
Cuando llega, los parroquianos achispados por el alcohol la reciben con deferencia
- De nuevo la doña por el pago – dice uno y la risa ilumina el agujero troquelado de dientes amarillos
- ¿Buena pesca? – pregunta el dueño del almacén con su ojo bizco y la voz finita de un eunuco, mientras tira la moneda dentro de la caja y se dispone a servirle el licor
- Alguna cosa – contesta la vieja
Arde la caña en el garguero. Nubla la vista. Vuelve la sangre a los tobillos.
- Ahora sí. Me voy pa lo de mi hijo. Ustedes se quedan ahí, sin hembra que les sobe el lomo. ¡Viejos maricas! –
Y se va, alegre de ofender, sin escuchar las réplicas de los parroquianos.
Por la senda se llega a la casa del hijo y de la Nair. Está linda la senda. Sequita. Y donde está el pozo pusieron una madera para pasar. Ese fue el hijo. Ahora se le jodió, con la bebida y los otros mierdas. Era mansito. Ni palos le daba. Que se le va a hacer.
La Nair es otra cosa. No la quiere. Que le importa. La tiene que aguantar y que se aguante. Una es la suegra y ya se va a hacer vieja. Ya la van a cornear como a una vaca vieja. Se ríe y se le achinan los ojos
- A vaca velha de Nair –
Y en esas anda cuando ve la casita de puertas abiertas y jardín cuidado.
En la casa de Nair el agua hierve y la Nair la vuelca en una palangana y a uno por vez se lavan las partes. El chico canta mientras el agua caliente le entibia las patas.
- Cheguei – dice la vieja y quien sabe si espera alguna bienvenida
La Nair apronta el mate sin dejar el trajín y sin mirarla.
La niña viene del cuarto. No durmió bien. Como todas las noches la desveló el ruido del mar y se quedó en vigilia custodiando que una ola gigante no se llevara la casa.
Ahora está parada al lado de la cortina del cuarto, mirando a su abuela que está algo loca. Con precaución. Coteja que se ríe y aunque sabe que eso no significa ninguna tranquilidad, avanza y le da un beso.
La vieja, contenta, corre los bártulos de la mesa y hecha encima los tesoros de su delantal.
- Pa ti – dice mientras le da la muñeca rota
- Gracias - dice la nieta que aprendió a no esperar nada del otro mundo y menos de este
Su hermano mira curioso las porquerías sobre la mesa y elige la víbora. La levanta fascinado de asco y se la lleva para afuera.
- “Fue hermosa” – piensa la niña mientras sostiene en sus manos morenas como un chocolate sin mordida la muñeca despeinada, desnuda y sin un brazo
- “Los ojos me gustan” – sigue pensando
Son de un herético celeste que la sumergen en la comparación. Los de ella son oscuros como el desencanto o la tristeza
- “Voy a vestirla”– se dice
Busca una tijera en el cajón del mueble, pide a la madre un sobrante de tela y comienza a recortar un cuadrado de tafeta marrón.
- Así es que está la vida – dice la vieja – hecha mierda, igual que calzón de viejo –
- Sientesé – dice la Nair para no escuchar más improperios
- Me duelen las patas –
- Es claro, si se hizo 20 kilómetros. ¿Qué quiere? –
- Con un mate estoy hecha –
- Tenga – le alcanza la Nair un mate humeante -¿Anda buscando al hijo? –
- Pa qué, si no es bueno ni como hijo ni como nada. ¡Que se amuele el hijo y que se amuele Iván! –
- Iván ya se murió – dice la Nair – cayó seco en el carnaval –
- Era bonito el Iván – recuerda la vieja
- ¿Cuándo? –
- Cuando le andaba atrás a la Rocío –
- ¿La que se casó en Porto Alegre? –
- La otra. La que era más puta que una gallina. La que se casó en Porto Alegre se descasó después de parir y está de vuelta- El chico le salió jorobadito...¿qué culpa? –
- ¿Cuándo la vio? –
- Me contaron –
- Usted anda levantando sujera por ahí y se le confunde la cabeza –
- Si no te gusta no escuchés –
- Tomesé otro mate y cállese –
- No te me pongas brava que no tengo la culpa del hijo. Será que no lo atendés bien –
- Callesé vieja. Tomesé otro mate o váyase. Me da igual –
- Dame otro mate –
La mañana transcurre en paz, sin novedades del frente.
El hijo en los campos del patrón. Ahora el descansito. La caña, algún poco de feijao y vuelta al trabajo.
La caña justa para ir tirando. Amarrete el patrón. Pero más tarde, a la nochecita, la botella enterita pa las casa y mañana ni viene. Se duerme todita la mañana, que hace frío y no dan ganas de andar amasijando el árbol.
- ¿Otro mate? – dice la Nair
- Pero más calentito. Me dejó frías las tripas –
- ¡Tener que aguantar! – dice la Nair.
Y ni madre tiene para comparar. Pero de seguro no era una borracha boca sucia. Eso de seguro no era, porque a ella ni le gusta que se hable así porque sí. Ella putea pero con razón. Cuando el hombre llega sudando alcohol y se la quiere echar. Cuando se hacen las diez y el cuarto gede y sigue echado sin desvestirse y hay que airear la casa, venir cargando los baldes de la cachimba de Walter y salir a la costa, que ahora está frío, y desenterrar los berberechos y volver con los baldes y amasar las empanadas y el relleno y el tipo sigue ahí, tirado.
Ahora se le dio por tomar a la mañana.
- Eso no lo va a aguantar – se dice –
Hoy mismo lo manda para afuera. Sin insultos, porque ella no viene de un pozo. Al cuartito de atrás. No va a quitarle un lugar con catre. Ni eso, ni el pan. Que a pesar es el padre de los hijos. Pero que ni parece. Que seguro los hijos son más de la sangre de ella que no se echa cuando hay trabajo y no se envicia como una perdida.
- Afuera – Y si algún día se le pasa, vamos a ver..., pero ni cree que haya vuelta. Lo dice para no pensar en lo peor. Que se vuelva loco y empiece a ver bichos como la vieja.
- Bueno. Ya está. Ahora se me va que tengo trabajo –
- Para vos es fácil que no viniste caminando –
- Deje de decir macanas y agarre unas monedas para el onibus –
- No voy a ser yo quien te saque el pan...-
- ¡Ya vino!.¡Ya trajo sus porquerías!. ¡Ya vio a sus nietos y se tomó una caldera de mate!. ¡Ahora se me va, que no tengo tiempo para pelear!-
A la nieta con voz infantil y dulce - ¿Te gustó la muñeca que te trajo la abuela? –
- Y...sí. Parece enferma así, sin un brazo –
- Trabajaba en un palacio y se lo cortaron por robar y ya está – dice la vieja
La niña piensa un instante y dice
– A lo mejor era una princesa –
– ¡A una princesa no le cortan el brazo, estúpida! – dice el hermano
– Vos estás celoso porque no te trajeron nada –
– ¡¿Celoso?! De una muñeca rota?! No me hagás reír!. ¡Tiene una muñeca rota y sucia y la llama “princesa”!- grita burlándola el hermano
– ¡Bueno, basta! - interviene la madre - ¡¿ Ve lo que pasa cuando viene?! ¡Solo trae pelea y porquería! –
La vieja, sin darse por aludida dice con voz cantarina
- Bueno...me voy...ya los vi...están altos como el tío Jacinto. A la vuelta les traigo el brazo a vos y algo para aquel que ni me dio un beso pero no importa. Si se porta bien lo llevo conmigo por el camino –
- Vayasé de una vez y no les ponga ideas locas –
- Bueno... la abuela se va. Vení, me da un beijinho –
La nena la mira no muy convencida. En la última despedida la pinchó con los bigotes y la baboseó entera. Se acerca rapidito, le da un beso en el aire y sale corriendo para el cuarto.
El nieto ya no está. Ya se escondió.
- Y vos Nair, seguí con esa lingua dura de vaca velha –
- ¡¡¿Qué dice?!! –
- Que los mates estaban ricos. Faltó la torta frita –
Desde la ventana del cuarto la niña la ve irse por la senda, espantando quién sabe que ánimas. Vuelve al living.
-¿Y mamá...? ¿Quedó bien...?- le tiende la muñeca, ahora peinada, con un ponchito casi hasta las rodillas.
-Muy bonita. Le podes poner tu broche rosado –
¿En serio? – dice la niña y sale animada a buscarlo
Nair suspira, recoge las porquerías de la mesa y las echa en el balde de la basura.
Afuera, por la senda, la vieja va hablando sola
- Mañana llueve..., comemo torta frita..., con guiso de sirí, con el Iván..., con la Rocío y el jorobadito de la Rocío...y la vaca velha de Nair. Y unas monedas pa la caña de Walter. ¡Qué lo parió, se amueló Iván!?. Y era lindo el Iván!...¡alto y gordito!...-
Un sol flaco seca los pozos, las fachadas desparejas, los lomos de los cuzcos.
El sol que está en el cielo y no nos deja caer en la tentación de caer, y no nos deja caer, y no nos deja.
De "Cuentos de Frontera"
Sencillo son
Voy a dejar la muerte atrás
Voy a cantar un son
Dame tu paz de arroz mamita
Hay soleda en el aire
Vamo a vivir el sol, mamita
Hay soleda en el aire
Que si viene la parca
Dale con rumba
Que si viene la noche
Dale con son
Voy a dejar la muerte atrás
Arroz con quimbombó
Voy a cantar un son
Dame tu paz de arroz mamita
Hay soleda en el aire
Vamo a vivir el sol, mamita
Hay soleda en el aire
Que si viene la parca
Dale con rumba
Que si viene la noche
Dale con son
Voy a dejar la muerte atrás
Arroz con quimbombó
domingo, 28 de octubre de 2007
El hijo del hombre que tiró el sombrero
El hombre tiro el sobrero y detrás se tiró el y se mató.
Iba contento, el hombre. En la caja del camión. Con otros que conocía de ahí, del pueblo. Y uno se dice si hace bien en mostrarlo sonriendo, pero que se le va a hacer, iba contento el hombre, ese día habría ganado en los gallos.
Su mujer apareció muerta un tiempo antes, bastante antes de que lanzara el sombrero y se tirara atrás.
Le pegaba, pero no para matarla.
El Derní, el hijo chico, la encontró en la casa y no tengo detalles de cómo fue. Pero madre no tenía hace rato cuando le avisaron que el padre había muerto.
Era un gurí tiernito y débil, coitado. El padre perdía su poca grana con los galos de rinha y golpeaba a todos en aquella casa. A la madre, al Derní y a un hermano mayor que ni bien murió la madre se fue con una tía. El tipo arrancaba temprano para la timba y ahí el Derní se mandaba a lo de Atanasia que criaba a la nieta.
Alta, polentosa la Atanasia. No le se decir la procedencia pero cuando tuvo en brazos a la biznieta recién nacida la puso culo para la luna.
Una maña rara, sí.
La nieta de Atanasia lo zurraba parejo hasta que supo de su condición. Ahí empezó a cuidarlo. Era bastante mayorcita que el Derni, tendría unos 8. El gurí pasaba rato con la vieja y la nieta, batiendo el candial, despatarrando grillos, no sé que más hacían y no quiero inventar, disculpe. Pero a la tardecita, aunque no molestara se volvía para la casa. Le daría vergüenza, digo, saberse guacho de madre entre mujeres y se volvía como quien tiene para que.
Un día la vieja lo descubrió. Eso de que se quedaba a oscuras. Porque se lo tenía callado. A lo mejor pensaba que era su culpa. Quien le dice. Resulta que el padre se iba temprano, y en ese tiempo no era eléctrica, la luz, entonces se hacia la noche y el gurí aún no sabría encender. El tipo lo dejaba encerrado. Tendría unos cinco, no más. Cómo debe haber sufrido ese niño, digo. Y la Atanasia se enteró. Habrá bichado para la casa y vio oscuro. O el gurí habrá contado sin querer. Porque que se lo tenía callado estoy segura. A lo mejor le parecía normal. Eso de que se hiciera la noche y mirar por la ventana las luces de la provisión, mientras algún carro embarullaba el pedregullo. Pero capaz que le tuviera más miedo al padre que a los fantasmas. Se me hace.
Pero un día la Atanasia se enteró de aquello de la oscurida y no lo dejo ir para la casa. Cuando el viejo volvió medio embiritado y porai de una rinha sin suerte, se puso como loco. Quería que se lo devolviera. Pero yo me digo que más para tener con quien descargarse que por cariño. Así que ahí empezó la pelea y como no había vuelta marcharon para la delegacía.
El delegado preguntó cuantos años tenía, y dijo que el chiquilín ya podía decidir. Que eligiera.
Así fue como se quedó a vivir con las dos y se hizo a las costumbres de ellas.
Chiquito como era lustraba zapatos y traía la grana para la casa.
La Atanasia le agarraba las monedas. Pero seguro que no lo hacía por la grana.
Le aceptaba para que el otro no le debiera nada y de hombre no tuviera cuentas. Y porque si algo le compone el espíritu a uno es sentirse útil.
Por aquella época el club social del blanco estaba negado para los negros al menos que fueran músicos o del servicio.
Pero eso no era problema para la Atanasia, que era rubiona y lo único de color en su cara el rouge carmesí.
El Club Social, tremendo edificio rosado frente a la plaza con sus firuletes blancos en las ventanas y las puertas, era uno de los conchavos de la Atanasia. Las noches conmemorativas de algún patrono, las presentaciones en sociedad o la gala del carnaval, cocinaba para el club.
La nieta cuidaba el guardarropa y el Derní se colaba cuando la cosa estaba marchando y bichaba los brillos, la orquesta y después agotado de emociones y bocaditos se dormía sobre los abrigos.
Y habrá soñado en cosas buenas, digo. Entre los pelos suaves de algún bicho, sintiendo en el pecho el retumbar de las lonjas y con la panza llena.
Esto de la felicidad, en el caso del Derní se hizo sencillita. Con alejarlo del padre y de una casa de oscuridades.
Ya cuando mozo se enredó con la América y ahí nomás se casó y se fue del pueblo.
Volvía puntualmente para los aniversarios de puro agradecido hasta que la Atanasia se murió.
Después de eso no encontró para que volver al pasado y dejó de venir.
Pero le andaba bien. Tenía casa y auto. Hijos no pudo, (la mujer, parece).
Y bueno...así es con las cosas de la Atanasia, del Derni y del hombre que iba contento en la caja del camión, tiró el sombrero y se tiró atrás.
Iba contento, el hombre. En la caja del camión. Con otros que conocía de ahí, del pueblo. Y uno se dice si hace bien en mostrarlo sonriendo, pero que se le va a hacer, iba contento el hombre, ese día habría ganado en los gallos.
Su mujer apareció muerta un tiempo antes, bastante antes de que lanzara el sombrero y se tirara atrás.
Le pegaba, pero no para matarla.
El Derní, el hijo chico, la encontró en la casa y no tengo detalles de cómo fue. Pero madre no tenía hace rato cuando le avisaron que el padre había muerto.
Era un gurí tiernito y débil, coitado. El padre perdía su poca grana con los galos de rinha y golpeaba a todos en aquella casa. A la madre, al Derní y a un hermano mayor que ni bien murió la madre se fue con una tía. El tipo arrancaba temprano para la timba y ahí el Derní se mandaba a lo de Atanasia que criaba a la nieta.
Alta, polentosa la Atanasia. No le se decir la procedencia pero cuando tuvo en brazos a la biznieta recién nacida la puso culo para la luna.
Una maña rara, sí.
La nieta de Atanasia lo zurraba parejo hasta que supo de su condición. Ahí empezó a cuidarlo. Era bastante mayorcita que el Derni, tendría unos 8. El gurí pasaba rato con la vieja y la nieta, batiendo el candial, despatarrando grillos, no sé que más hacían y no quiero inventar, disculpe. Pero a la tardecita, aunque no molestara se volvía para la casa. Le daría vergüenza, digo, saberse guacho de madre entre mujeres y se volvía como quien tiene para que.
Un día la vieja lo descubrió. Eso de que se quedaba a oscuras. Porque se lo tenía callado. A lo mejor pensaba que era su culpa. Quien le dice. Resulta que el padre se iba temprano, y en ese tiempo no era eléctrica, la luz, entonces se hacia la noche y el gurí aún no sabría encender. El tipo lo dejaba encerrado. Tendría unos cinco, no más. Cómo debe haber sufrido ese niño, digo. Y la Atanasia se enteró. Habrá bichado para la casa y vio oscuro. O el gurí habrá contado sin querer. Porque que se lo tenía callado estoy segura. A lo mejor le parecía normal. Eso de que se hiciera la noche y mirar por la ventana las luces de la provisión, mientras algún carro embarullaba el pedregullo. Pero capaz que le tuviera más miedo al padre que a los fantasmas. Se me hace.
Pero un día la Atanasia se enteró de aquello de la oscurida y no lo dejo ir para la casa. Cuando el viejo volvió medio embiritado y porai de una rinha sin suerte, se puso como loco. Quería que se lo devolviera. Pero yo me digo que más para tener con quien descargarse que por cariño. Así que ahí empezó la pelea y como no había vuelta marcharon para la delegacía.
El delegado preguntó cuantos años tenía, y dijo que el chiquilín ya podía decidir. Que eligiera.
Así fue como se quedó a vivir con las dos y se hizo a las costumbres de ellas.
Chiquito como era lustraba zapatos y traía la grana para la casa.
La Atanasia le agarraba las monedas. Pero seguro que no lo hacía por la grana.
Le aceptaba para que el otro no le debiera nada y de hombre no tuviera cuentas. Y porque si algo le compone el espíritu a uno es sentirse útil.
Por aquella época el club social del blanco estaba negado para los negros al menos que fueran músicos o del servicio.
Pero eso no era problema para la Atanasia, que era rubiona y lo único de color en su cara el rouge carmesí.
El Club Social, tremendo edificio rosado frente a la plaza con sus firuletes blancos en las ventanas y las puertas, era uno de los conchavos de la Atanasia. Las noches conmemorativas de algún patrono, las presentaciones en sociedad o la gala del carnaval, cocinaba para el club.
La nieta cuidaba el guardarropa y el Derní se colaba cuando la cosa estaba marchando y bichaba los brillos, la orquesta y después agotado de emociones y bocaditos se dormía sobre los abrigos.
Y habrá soñado en cosas buenas, digo. Entre los pelos suaves de algún bicho, sintiendo en el pecho el retumbar de las lonjas y con la panza llena.
Esto de la felicidad, en el caso del Derní se hizo sencillita. Con alejarlo del padre y de una casa de oscuridades.
Ya cuando mozo se enredó con la América y ahí nomás se casó y se fue del pueblo.
Volvía puntualmente para los aniversarios de puro agradecido hasta que la Atanasia se murió.
Después de eso no encontró para que volver al pasado y dejó de venir.
Pero le andaba bien. Tenía casa y auto. Hijos no pudo, (la mujer, parece).
Y bueno...así es con las cosas de la Atanasia, del Derni y del hombre que iba contento en la caja del camión, tiró el sombrero y se tiró atrás.
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