El hombre tiro el sobrero y detrás se tiró el y se mató.
Iba contento, el hombre. En la caja del camión. Con otros que conocía de ahí, del pueblo. Y uno se dice si hace bien en mostrarlo sonriendo, pero que se le va a hacer, iba contento el hombre, ese día habría ganado en los gallos.
Su mujer apareció muerta un tiempo antes, bastante antes de que lanzara el sombrero y se tirara atrás.
Le pegaba, pero no para matarla.
El Derní, el hijo chico, la encontró en la casa y no tengo detalles de cómo fue. Pero madre no tenía hace rato cuando le avisaron que el padre había muerto.
Era un gurí tiernito y débil, coitado. El padre perdía su poca grana con los galos de rinha y golpeaba a todos en aquella casa. A la madre, al Derní y a un hermano mayor que ni bien murió la madre se fue con una tía. El tipo arrancaba temprano para la timba y ahí el Derní se mandaba a lo de Atanasia que criaba a la nieta.
Alta, polentosa la Atanasia. No le se decir la procedencia pero cuando tuvo en brazos a la biznieta recién nacida la puso culo para la luna.
Una maña rara, sí.
La nieta de Atanasia lo zurraba parejo hasta que supo de su condición. Ahí empezó a cuidarlo. Era bastante mayorcita que el Derni, tendría unos 8. El gurí pasaba rato con la vieja y la nieta, batiendo el candial, despatarrando grillos, no sé que más hacían y no quiero inventar, disculpe. Pero a la tardecita, aunque no molestara se volvía para la casa. Le daría vergüenza, digo, saberse guacho de madre entre mujeres y se volvía como quien tiene para que.
Un día la vieja lo descubrió. Eso de que se quedaba a oscuras. Porque se lo tenía callado. A lo mejor pensaba que era su culpa. Quien le dice. Resulta que el padre se iba temprano, y en ese tiempo no era eléctrica, la luz, entonces se hacia la noche y el gurí aún no sabría encender. El tipo lo dejaba encerrado. Tendría unos cinco, no más. Cómo debe haber sufrido ese niño, digo. Y la Atanasia se enteró. Habrá bichado para la casa y vio oscuro. O el gurí habrá contado sin querer. Porque que se lo tenía callado estoy segura. A lo mejor le parecía normal. Eso de que se hiciera la noche y mirar por la ventana las luces de la provisión, mientras algún carro embarullaba el pedregullo. Pero capaz que le tuviera más miedo al padre que a los fantasmas. Se me hace.
Pero un día la Atanasia se enteró de aquello de la oscurida y no lo dejo ir para la casa. Cuando el viejo volvió medio embiritado y porai de una rinha sin suerte, se puso como loco. Quería que se lo devolviera. Pero yo me digo que más para tener con quien descargarse que por cariño. Así que ahí empezó la pelea y como no había vuelta marcharon para la delegacía.
El delegado preguntó cuantos años tenía, y dijo que el chiquilín ya podía decidir. Que eligiera.
Así fue como se quedó a vivir con las dos y se hizo a las costumbres de ellas.
Chiquito como era lustraba zapatos y traía la grana para la casa.
La Atanasia le agarraba las monedas. Pero seguro que no lo hacía por la grana.
Le aceptaba para que el otro no le debiera nada y de hombre no tuviera cuentas. Y porque si algo le compone el espíritu a uno es sentirse útil.
Por aquella época el club social del blanco estaba negado para los negros al menos que fueran músicos o del servicio.
Pero eso no era problema para la Atanasia, que era rubiona y lo único de color en su cara el rouge carmesí.
El Club Social, tremendo edificio rosado frente a la plaza con sus firuletes blancos en las ventanas y las puertas, era uno de los conchavos de la Atanasia. Las noches conmemorativas de algún patrono, las presentaciones en sociedad o la gala del carnaval, cocinaba para el club.
La nieta cuidaba el guardarropa y el Derní se colaba cuando la cosa estaba marchando y bichaba los brillos, la orquesta y después agotado de emociones y bocaditos se dormía sobre los abrigos.
Y habrá soñado en cosas buenas, digo. Entre los pelos suaves de algún bicho, sintiendo en el pecho el retumbar de las lonjas y con la panza llena.
Esto de la felicidad, en el caso del Derní se hizo sencillita. Con alejarlo del padre y de una casa de oscuridades.
Ya cuando mozo se enredó con la América y ahí nomás se casó y se fue del pueblo.
Volvía puntualmente para los aniversarios de puro agradecido hasta que la Atanasia se murió.
Después de eso no encontró para que volver al pasado y dejó de venir.
Pero le andaba bien. Tenía casa y auto. Hijos no pudo, (la mujer, parece).
Y bueno...así es con las cosas de la Atanasia, del Derni y del hombre que iba contento en la caja del camión, tiró el sombrero y se tiró atrás.
domingo, 28 de octubre de 2007
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